La sesión de ayer dejó una fotografía conocida, aunque con un matiz nuevo que podría ganar peso hoy. El motor inmediato siguió siendo el mismo: el bloqueo de las conversaciones entre Estados Unidos e Irán, la disrupción en Ormuz y un petróleo de nuevo en zona incómoda para la inflación y los bancos centrales. Wall Street cerró en positivo, pero con avances mínimos; Europa volvió a rezagarse, más expuesta al golpe de la energía cara.
En Estados Unidos predominó la espera. El Dow Jones cedió un 0,13%, mientras el S&P 500 avanzó un 0,12% y el Nasdaq sumó un 0,20%. Los tres índices se movieron sin dirección clara y el cierre transmite más digestión de máximos que apetito por seguir comprando riesgo. La semana llega cargada —Fed, BCE, Banco de Inglaterra, Banco de Japón y resultados de cinco de las siete grandes tecnológicas—, lo que explica el tono contenido. Aun así, el S&P 500 y el Nasdaq marcaron nuevos cierres récord.
La lectura sectorial matiza ese avance. Nvidia volvió a tirar del mercado con una subida del 4% y recuperó una valoración superior a los 5 billones de dólares. La cuestión de fondo sigue siendo si el gasto en inteligencia artificial empieza ya a traducirse en beneficios suficientes para justificar valoraciones y capex. Reuters recordaba que las compañías que presentan resultados esta semana representan cerca del 44% de la capitalización del S&P 500, así que el mercado exigirá pruebas más concretas.
Europa ofreció una lectura más frágil. El STOXX 600 cayó un 0,3%, el FTSE 100 perdió un 0,6% y el DAX un 0,2%, con ambos en su sexta sesión negativa. La región, mucho más dependiente de la energía, acusa más que Estados Unidos la prolongación del conflicto. Varias compañías advierten ya del impacto sobre beneficios, mientras la confianza del consumidor alemán toca mínimos de tres años. La divergencia es evidente: Wall Street se apoya en la tecnología; Europa descuenta crudo caro y deterioro del crecimiento.
Ese marco se ha reforzado esta madrugada. El Banco de Japón mantuvo los tipos en el 0,75%, pero la votación fue más agresiva de lo esperado: tres de los nueve miembros pidieron subir al 1%. Además, dejó claro que la guerra y la energía complican su hoja de ruta. La reacción fue un yen más fuerte, un Nikkei a la baja y una señal relevante: incluso los bancos centrales más graduales empiezan a incomodarse con el shock energético.
En este contexto, el petróleo sigue mandando. Esta mañana el Brent avanzaba hasta 109,52 dólares y el WTI cotizaba en 97,47, con el mercado asumiendo que el conflicto sigue estancado y que los suministros por Ormuz continúan mayoritariamente interrumpidos. Por ese estrecho pasa una quinta parte de los envíos mundiales de petróleo y gas, de modo que el problema ya no es solo geopolítico: es macroeconómico. Implica más inflación, más presión sobre los bancos centrales y una sombra creciente sobre el crecimiento global.
La novedad llega por el lado de la inteligencia artificial. Reuters publicó esta madrugada que OpenAI no ha alcanzado sus objetivos recientes de usuarios e ingresos, lo que ha generado preocupación interna sobre su capacidad para sostener el gasto en centros de datos. Al mismo tiempo, Microsoft y OpenAI han renegociado su alianza: Microsoft mantiene su papel como principal socio cloud hasta 2032 y un 20% de los ingresos de OpenAI hasta 2030, pero OpenAI gana margen para trabajar con otros proveedores.
La tesis de la IA no queda invalidada, pero sí puede entrar en una fase de mayor selección. Microsoft sigue muy expuesta a OpenAI y buena parte de la cadena de inversión depende de que OpenAI y Anthropic conviertan ese gasto milmillonario en negocio sostenible. Si aparecen fricciones en adopción o monetización, el mercado podría distinguir con más dureza entre compañías con demanda visible y aquellas cuya valoración descansa en megaplanes aún por ejecutar.
La conclusión para hoy es clara: el mercado sigue sostenido por la tecnología, pero el equilibrio es más frágil de lo que sugieren los récords. A corto plazo, mandan el petróleo y los bancos centrales. A medio plazo, OpenAI puede pesar más de lo que parece si lleva a cuestionar el retorno real del gasto en IA. El mercado no solo necesita que baje el crudo; también necesita que las grandes tecnológicas demuestren que la IA es algo más que una promesa carísima.
