Ayer los mercados volvieron a ordenar toda la jornada en torno a una sola variable: la credibilidad real de la tregua entre Estados Unidos e Irán. La extensión indefinida del alto el fuego anunciada por Donald Trump mejoró el tono desde el inicio, pero ese alivio quedó inmediatamente matizado por dos hechos que el mercado no pudo ignorar: la marina estadounidense mantuvo el bloqueo sobre puertos iraníes e Irán se incautó de dos buques en el estrecho de Ormuz. En la práctica, la sesión transmitió una idea muy concreta: se reduce el riesgo de una escalada inmediata, pero no desaparece el riesgo energético ni la posibilidad de que las negociaciones vuelvan a encallarse.
En Wall Street, ese equilibrio inestable se resolvió con un sesgo claramente positivo. El Dow Jones subió un 0,69%, el S&P 500 avanzó un 1,05% y el Nasdaq ganó un 1,64%, con nuevos máximos de cierre para S&P y Nasdaq. El mercado estadounidense decidió aferrarse a la parte constructiva del relato —menos probabilidad de una ruptura inmediata y una temporada de resultados mejor de lo esperado—, y volvió a premiar sobre todo a la tecnología. El índice tecnológico del S&P subió un 2,31%, Micron se disparó un 8,48% hasta récord, y el índice de semiconductores de Filadelfia enlazó otra jornada histórica.
Europa, en cambio, volvió a mostrar una lectura más prudente. El Stoxx 600 cedió un 0,4%, el DAX alemán un 0,3% y el CAC 40 francés un 1%, encadenando una tercera sesión de caídas. La razón de fondo es que Europa sigue siendo mucho más sensible al encarecimiento de la energía: ayer el mercado tuvo que descontar simultáneamente una tregua poco creíble, un petróleo rondando y superando los 100 dólares y un deterioro del cuadro macro. Alemania recortó su previsión de crecimiento para 2026 del 1,0% al 0,5% y elevó su previsión de inflación al 2,7%, mientras la confianza del consumidor de la eurozona volvió a deteriorarse.
La divergencia sectorial fue muy reveladora. En Europa, energía subió un 2,3%, materiales un 1,7% y tecnología un 0,6%, mientras telecomunicaciones y consumo quedaron más rezagados; en Estados Unidos, el liderazgo volvió a estar en compañías capaces de mantener crecimiento incluso con costes energéticos elevados. GE Vernova fue el mejor valor del S&P tras elevar su guía anual, Boeing repuntó tras publicar una pérdida menor de la esperada y Boston Scientific también destacó al alza. La lectura de mercado fue clara: los inversores siguen comprando crecimiento y visibilidad de beneficios, pero solo mientras el shock energético no se traslade con fuerza al consumo.
En materias primas, el mensaje fue menos complaciente. El WTI cerró en 92,96 dólares, con una subida del 3,67%, y el Brent en 101,91 dólares, un 3,48% más. El cobre subió un 1,6% y tocó máximos de más de siete semanas, mientras el aluminio avanzó un 1,9%, reflejando que el mercado seguía combinando alivio táctico en riesgo con preocupación por posibles restricciones de oferta. El oro rebotó un 0,55% tras tocar mínimos de una semana, señal de que la demanda defensiva no desapareció del todo pese al mejor cierre bursátil.
En divisas y renta fija, la sesión dejó otro matiz importante. El índice dólar subió un 0,26%, el euro bajó a 1,1704 dólares y la rentabilidad del Treasury a 10 años cerró en el 4,304%, con el bono a dos años en el 3,8%. Es decir, el mercado no interpretó la sesión como una vuelta a la normalidad, sino como una tregua aún inflacionista. Esa lectura encaja con la encuesta de Reuters a economistas: la mayoría retrasa cualquier recorte de la Reserva Federal al menos seis meses, y crece el número de quienes ya no esperan bajadas de tipos en 2026 si el shock energético persiste.
También en Asia se vio esa mezcla de optimismo y fragilidad. Los índices de Japón, Corea del Sur y Taiwán llegaron a tocar nuevos máximos antes de girarse, mientras el mercado seguía premiando el ciclo de inteligencia artificial: SK Hynix publicó un beneficio operativo récord, multiplicado por cinco, y afirmó que la demanda de memoria para IA supera ya su capacidad de producción para los próximos años. Esa fortaleza corporativa ayuda a sostener la renta variable global, pero no neutraliza el riesgo central de corto plazo: un petróleo persistentemente alto y una ruta marítima estratégica todavía bloqueada de facto.
La conclusión de fondo apenas cambia: los mercados están dispuestos a comprar una desescalada, pero no a precio de ignorar el riesgo inflacionista. Ayer hubo rebote en bolsa porque la tregua ganó algo de tiempo y los resultados empresariales acompañaron; sin embargo, el verdadero test no está en la renta variable, sino en el petróleo, el dólar y los bonos. Si las conversaciones avanzan y Ormuz empieza a normalizarse, el potencial alcista sigue siendo considerable, sobre todo en tecnología y cíclicos. Pero si la tregua vuelve a mostrar grietas, el movimiento dominante volverá a ser el de las últimas semanas: energía al alza, tipos más altos y mayor presión sobre márgenes y crecimiento.
