Después del mensaje de Trump el lunes, en el que afirmó que la guerra estaba cerca de llegar a su fin, los mercados —tal y como comentábamos ayer— rebotaron con fuerza. El petróleo, el activo que más conviene vigilar en estos momentos, cayó cerca de un 25% en apenas unas horas. Sin embargo, una cosa es lo que se dijo el lunes y otra muy distinta es cómo han evolucionado los acontecimientos desde entonces.
Lo más irónico es que, a pesar de ese mensaje de aparente desescalada, el conflicto ha empeorado. Para empezar, Irán lo ha desmentido afirmando que están lejos de estar derrotados y que la guerra terminará cuando ellos lo decidan. De hecho, los ataques de Israel y Estados Unidos no han cesado desde entonces, e Irán ha respondido con su ofensiva más violenta e intensa desde que comenzó la guerra.
Esto no debería sorprendernos. Si algo caracteriza a Donald Trump es su habilidad para desviar la atención: señala dónde mirar mientras mueve las piezas en otro lugar. Esta estrategia no solo la aplica a la opinión pública, sino también a sus propios aliados y adversarios.
Sin embargo, al mercado es más difícil engañarlo. Maneja una enorme cantidad de información y, al menos por ahora, aunque los mercados han corregido parcialmente el movimiento inicial, siguen apostando a que el final de la guerra podría estar más cerca de lo que se pensaba hace apenas una semana.
El petróleo, como decíamos, ha subido desde los mínimos marcados el lunes, pero sigue por debajo de los 90 dólares por barril. Estos niveles son elevados en términos históricos, ya que se sitúan por encima de la media, pero no lo suficiente como para generar una preocupación excesiva. Como comentábamos ayer en la nota que enviamos a media mañana, existen tres posibles escenarios: que la guerra se prolongue en el tiempo, pero de forma contenida (algo similar a lo que ocurre en Ucrania); que haya una desescalada relativamente rápida y el estrecho de Ormuz vuelva a estar completamente operativo; o que se produzca una escalada regional severa y, en consecuencia, que el estrecho de Ormuz se cierre y se ataquen refinerías y oleoductos, impidiendo además la exportación de petróleo del Golfo.
Ahora mismo el mercado parece situarse entre el primer y el segundo escenario, mientras que hace apenas unos días se inclinaba más hacia el tercero. Saber exactamente dónde estamos es, por definición, imposible: no existe un punto estático al que señalar, como quien marca una posición en un mapa y dice “aquí estamos”. Más bien se asemeja a un flujo en el que solo podemos intuir la dirección y la intensidad de la marea.
Los factores que podrían cambiar esa marea son numerosos. Ya sabemos que la diplomacia no es precisamente una de las virtudes de Trump y que el resto del mundo, en gran medida, se está limitando a observar. Por tanto, parece que seguiremos expuestos a las decisiones de un líder caótico e impredecible como Trump, ahora además enfrentado a un régimen extremista, sin escrúpulos, sin miedo y con objetivos muy claros.
La buena noticia (mala para los iraníes) es que toda guerra exige un gasto enorme y, por mucho que se quiera prolongar un conflicto, siempre se necesita financiación. La principal fuente de ingresos de Irán proviene de la venta de petróleo, por lo que, por mucho que afirme lo contrario, necesita seguir exportándolo; de lo contrario, pronto se quedaría sin recursos para sostener la guerra.
Trump es plenamente consciente de esto y por eso parece dispuesto a escalar el conflicto en el corto plazo, sabiendo que, en última instancia, el impacto económico podría ser más perjudicial para Irán que para Estados Unidos (e incluso que para Europa). De hecho, se espera que en los próximos días el G7 decida si libera parte de sus reservas estratégicas de petróleo para aliviar las tensiones de oferta. En ese sentido, Estados Unidos parece tener una posición relativamente fuerte y lo sabe, lo que explicaría que esté elevando la presión al considerar que, si Irán persiste, terminará perdiendo más.
El mercado, como decía, también es consciente de todo esto. Por eso, a pesar de lo contradictorio de muchos de los acontecimientos recientes, seguimos viendo un petróleo relativamente controlado, unos tipos de interés contenidos y unas bolsas que, por ahora, mantienen la calma.
