El mercado ha dejado de interpretar la escalada entre Estados Unidos e Irán como un episodio contenido. La diferencia es que la tensión militar empieza a trasladarse al tráfico energético y a las expectativas de política monetaria. El petróleo volvió a subir con fuerza, los bonos ampliaron sus pérdidas y la tecnología lideró las caídas en Wall Street, reactivando el escenario más incómodo para los inversores: menor crecimiento potencial y una inflación más persistente.
El Brent avanzó el lunes un 9,6%, su mayor subida diaria desde mayo de 2020, y esta mañana se sitúa cerca de los 85 dólares por barril, máximos desde mediados de junio. Estados Unidos ha restablecido el bloqueo sobre los envíos iraníes y ha planteado un recargo del 20% para los cargamentos que atraviesen Ormuz. Además, dos petroleros emiratíes fueron alcanzados por misiles iraníes y el tráfico ha caído a mínimos de dos meses. Aún no existe un cierre total, pero el riesgo ha dejado de ser meramente retórico.
Hasta ahora, los mercados toleraban los enfrentamientos porque el flujo de energía seguía funcionando y cada repunte del crudo acababa moderándose. La sesión de ayer mostró que esa confianza empieza a debilitarse. Si los barriles continúan circulando, parte de la prima geopolítica podría desaparecer con rapidez; si la reducción del tráfico se prolonga, el petróleo volverá a convertirse en un problema macroeconómico, y no solo financiero.
Wall Street reflejó ese cambio de percepción. El Nasdaq cayó un 1,55%, el S&P 500 perdió un 0,79% y el Dow Jones retrocedió un 0,26%, amortiguado en parte por el sector energético. La presión se concentró en semiconductores y compañías ligadas a la inteligencia artificial. El índice de chips de Filadelfia cedió cerca de un 5%, mientras SanDisk, Marvell e Intel perdieron entre un 6,1% y un 12,6%.
El movimiento no implica un abandono estructural de la narrativa de inteligencia artificial. Sugiere, más bien, que las valoraciones elevadas ofrecen poca protección cuando coinciden varios riesgos. La tecnología afronta petróleo más caro, tipos de descuento más altos y expectativas de beneficios muy exigentes. Con un crecimiento interanual previsto del 23,7% para los beneficios del S&P 500, la temporada de resultados deberá demostrar que el avance empresarial puede compensar el deterioro financiero.
La renta fija tampoco actuó como refugio. La rentabilidad del bono estadounidense a diez años subió hasta el 4,62%, mientras aumentaba la probabilidad de una subida de tipos en la reunión de la Reserva Federal de finales de julio. Christopher Waller afirmó que la Fed podría subir los tipos si la inflación se mantiene por encima del objetivo. Los futuros asignan ahora una probabilidad cercana al 43% a un aumento de 25 puntos básicos, frente al 34% del viernes.
De ahí la relevancia del IPC estadounidense y de la comparecencia de Kevin Warsh ante el Congreso. Una inflación subyacente moderada podría aliviar parte de la presión, aunque el mercado será prudente al extrapolar unos datos de junio que aún no reflejan plenamente la reciente subida del petróleo. Warsh deberá aclarar si la Fed considera el encarecimiento energético un shock temporal o una amenaza capaz de trasladarse a servicios, salarios y expectativas. También se esperan referencias al balance del banco central y sus efectos sobre la liquidez.
Asia prolongó esta mañana la aversión al riesgo. El índice regional MSCI cae alrededor de un 1,7%, mientras el Nikkei pierde cerca de un 0,8%. China resiste mejor gracias a unos datos comerciales superiores a lo previsto. Los futuros europeos anticipan una apertura negativa, con retrocesos próximos al 0,9%. El dólar se mantiene firme y el yen ronda mínimos de cuatro décadas, cerca de 162 unidades por dólar, encareciendo las importaciones energéticas japonesas.
La sesión dependerá de tres pruebas: el IPC, el mensaje de Warsh y los resultados de JPMorgan, Bank of America, Goldman Sachs, Wells Fargo y Citigroup. Sin embargo, la variable dominante a corto plazo seguirá siendo física, no estadística. Mientras el tráfico por Ormuz continúe reduciéndose, el mercado tendrá dificultades para recuperar la calma. El petróleo más caro ya no amenaza solo los márgenes empresariales, sino también la posibilidad de que la Reserva Federal deba endurecer su política justo cuando el crecimiento empieza a mostrar mayor fragilidad.
