El mercado está enviando señales claras sobre cómo interpreta el conflicto entre la coalición EE. UU.-Israel e Irán. Ayer volvimos a registrar una fuerte corrección, especialmente en las bolsas europeas. Como comentábamos en el diario de ayer, aunque Europa no haya intervenido directamente en el conflicto, es la región más expuesta debido a su mayor dependencia de posibles shocks energéticos.
Si eres lector habitual, sabrás que analizamos los mercados desde múltiples ángulos: renta variable, renta fija y materias primas.
La renta variable suele captar más atención por dos motivos: es uno de los activos más seguidos y también de los más volátiles. Por ello, resultan más llamativas caídas cercanas al 4% que una subida de 8 puntos básicos en el bono alemán a 10 años o un repunte del 4% en el petróleo.
Sin embargo, cada uno de estos movimientos es una pieza de un mismo puzle. Al unirlas, obtenemos una visión más clara de lo que está ocurriendo. La primera relación clave es la que existe entre el petróleo y las bolsas europeas. Como señalábamos ayer, la economía europea depende en mayor medida del sector industrial y, por tanto, es especialmente sensible a encarecimientos energéticos que deterioran las expectativas de crecimiento.
¿Por qué volvió a subir el petróleo ayer —y continúa haciéndolo hoy—? Porque el mercado asigna cada vez más probabilidad a que el conflicto se prolongue durante semanas. Esto implicaría tensiones sostenidas en el suministro energético y, cuanto más se alargue la situación, mayores podrían ser sus consecuencias económicas.
Si este escenario gana peso, es razonable esperar nuevas subidas del petróleo y presiones bajistas tanto en las bolsas europeas como en las estadounidenses, con un impacto previsiblemente mayor en Europa.
En cuanto a los tipos de interés, ayer también repuntaron con fuerza. La razón es sencilla: si el petróleo encarece la energía, terminará trasladándose a los precios del conjunto de la economía. Esto reaviva el riesgo de inflación y, con él, la posibilidad de que los bancos centrales retomen una política monetaria más restrictiva.
Nos encontraríamos así ante un escenario complejo: desaceleración económica por el encarecimiento energético y, simultáneamente, presiones inflacionistas. Es lo que se conoce como estanflación, probablemente el entorno más adverso para la inversión, ya que reduce significativamente las opciones de refugio.
Y ante esto surge la pregunta inevitable: ¿qué hacemos? ¿Vendemos?
Permíteme citar a Warren Buffett, quien recientemente afirmó que, incluso si supiera con certeza que el mundo se dirige hacia una guerra mundial, seguiría invertido, porque considera que sigue siendo la mejor alternativa disponible.
La alternativa sería mantener el dinero en cuenta corriente. Sin embargo, la inflación erosiona de forma constante el poder adquisitivo, lo que supone una pérdida real y sostenida. Al invertir, podemos atravesar periodos de caídas temporales en el valor de los activos, pero se trata de fluctuaciones de mercado, no de pérdidas definitivas. A largo plazo, los activos tienden a recuperar valor y retomar la senda de crecimiento.
Esto no implica permanecer inmóviles. Nuestra metodología de inversión se adapta a las tendencias económicas y de mercado. Si el escenario de estanflación se confirma, ajustaremos el posicionamiento en consecuencia. Por ahora, hablamos de riesgos potenciales, no de certezas.
De cara a la sesión de hoy, las bolsas europeas intentan un ligero rebote, mientras que los futuros estadounidenses continúan mostrando debilidad. Los tipos de interés se mantienen estables y el oro, tras caer con fuerza ayer, rebota alrededor de un 1%.
