Ayer parecía que teníamos una buena sesión entre manos, pero poco a poco fue perdiendo fuerza y acabamos cerrando con los índices europeos prácticamente planos y los estadounidenses incluso con caídas.
No hubo un factor concreto que lo explicara. Más bien parece un simple momento de pausa y reflexión en los mercados. En lo que llevamos de año ya hemos visto subidas del 2,5% en el Eurostoxx 50 y, aunque el S&P 500 y el Nasdaq no están mostrando un comportamiento tan destacado, sí lo hacen otros índices estadounidenses como el S&P 500 equiponderado (+2,96%) o el Russell 2000 (+5,59%).
En conjunto, está siendo un buen inicio de año, en línea con los vientos de cola que podrían acompañarnos durante buena parte de 2026. Esto no significa que vaya a ser un camino cómodo ni mucho menos que las bolsas vayan a subir un 15% o 20% sin sobresaltos.
Habrá muchos momentos de duda. Momentos en los que parecerá que todo se desmorona, que estamos al borde de la próxima crisis o incluso de una nueva guerra mundial. Siempre —y cuando digo siempre es siempre— hay motivos para bajarse del carro. Pero, como en la vida, uno puede decidir si ver el vaso medio lleno o medio vacío. Puedes sumarte al sensacionalismo mediático y vender cuando vende todo el mundo, o ser coherente con tu plan y mantenerte invertido.
Y no hablo de aguantar invertido a base de sufrimiento y ansiedad. Creo sinceramente que puede afrontarse de otra manera. Imaginemos, por ejemplo, que ahora en febrero llega una corrección del 20%. Si lo supiéramos de antemano, sería absurdo no hacer nada, pero no lo sabemos. La caída llega y, de repente, los medios se llenan de titulares explicando qué ha provocado el desplome.
Tu cerebro empieza a ser bombardeado con información centrada en un único tema y con un claro sesgo alarmista. Sin darte cuenta, adoptas esos miedos y expectativas, que acaban condicionando tus decisiones. Además, ves cómo tus posiciones caen con fuerza, lo que refuerza la sensación de que algo va realmente mal.
Ahora pensemos cuántas veces ha ocurrido esto en los últimos años. Los últimos seis han sido especialmente convulsos: una pandemia, una guerra, una inflación no vista en décadas, otra guerra, tensiones comerciales, crisis de deuda… todo en un periodo muy corto. Y, aun así, cuando miramos los gráficos, ¿qué vemos? Máximos históricos.
Menciono los últimos seis años porque han sido extremos, pero la realidad es que, de media, cada año se producen caídas interanuales superiores al 15% y, aun así, el rendimiento histórico ronda el 10%.
Tener esto presente ayuda mucho cuando nuestro cerebro, mucho más emocional de lo que nos gustaría, se rinde ante tanto estímulo negativo. Seamos honestos y ajustemos bien las expectativas. No esperemos subidas lineales, aunque a veces parezca lo normal. Una tendencia alcista no es una línea recta, sino una sucesión de máximos y mínimos ascendentes: un movimiento en forma de sierra, donde cada máximo es más alto que el anterior y cada mínimo también.
Esto tampoco significa despreocuparse de todo. Significa centrarse en lo que sí está bajo nuestro control: la estrategia. Una mala estrategia suele llevar a malos resultados. Una buena estrategia, a buenos resultados… siempre que no la saboteemos por el camino. La mayoría de las pérdidas no vienen tanto de los activos o de la estrategia en sí, sino de las decisiones del inversor. Compramos caro y vendemos barato. Si conseguimos controlar eso, las probabilidades de alcanzar nuestros objetivos aumentan de forma muy significativa.
