La gran novedad de ayer no fue que la inflación estadounidense volviera a subir. Eso ya estaba descontado. Lo que confirmó el mercado es algo más incómodo: incluso un dato en línea con las previsiones ya no basta para devolver la calma a los inversores. La combinación de inflación elevada, petróleo al alza y una tecnología más vulnerable sigue marcando el rumbo, y la reacción de los mercados dejó claro que el margen para las decepciones continúa siendo estrecho.
El IPC estadounidense de mayo alcanzó el 4,2% interanual, su nivel más alto en tres años, impulsado sobre todo por el encarecimiento de la energía tras meses de tensiones en Oriente Medio. La cifra coincidió prácticamente con las estimaciones, lo que evitó un sobresalto inmediato, pero tampoco ofreció el alivio que muchos buscaban. La inflación subyacente mostró un comportamiento más moderado y ayudó a contener una reacción más agresiva en bonos y divisas. Aun así, el mensaje de fondo sigue siendo incómodo: la inflación permanece lejos del objetivo de la Reserva Federal y gana fuerza la posibilidad de que los tipos sigan elevados más tiempo.
Wall Street respondió con nuevas ventas. El S&P 500 cayó un 1,6%, mientras que el Nasdaq perdió cerca de un 2%, prolongando el deterioro iniciado tras el sólido informe de empleo de la semana pasada. La presión volvió a concentrarse en la tecnología y los semiconductores, los segmentos que habían liderado el avance de los mercados durante los últimos meses. El índice de semiconductores acumula una de sus peores semanas del año y cada rebote encuentra ventas rápidas, señal de que los inversores están reduciendo exposición a los activos más sensibles a los tipos.
La situación se complicó por el regreso del riesgo geopolítico. Después de varios días en los que el mercado había empezado a descontar cierta estabilización en Oriente Medio, nuevos ataques estadounidenses contra objetivos iraníes y las posteriores represalias de Teherán devolvieron la incertidumbre al centro del escenario. El petróleo Brent volvió a acercarse a los 95 dólares por barril y el temor a interrupciones en el tráfico marítimo del estrecho de Ormuz reapareció con fuerza.
La importancia de este movimiento va más allá de la energía. Durante las últimas semanas, el mercado había conseguido convivir con una inflación persistente gracias a la expectativa de que el shock energético fuera temporal. Sin embargo, cada nueva escalada militar aumenta el riesgo de que los precios de la energía se mantengan elevados durante más tiempo, dificultando cualquier relajación de la política monetaria. Esa conexión entre petróleo, inflación y tipos sigue siendo uno de los principales focos de preocupación para los inversores.
Asia recogió esta mañana esa misma inquietud. El índice MSCI Asia-Pacífico retrocedió alrededor de un 1%, con descensos destacados en Japón, Taiwán y Corea del Sur. La corrección volvió a concentrarse en compañías vinculadas a la inteligencia artificial y los semiconductores, sectores donde las valoraciones se habían vuelto exigentes tras meses de subidas casi ininterrumpidas.
En paralelo, Japón gana protagonismo en el frente monetario. La inflación mayorista continúa acelerándose y el mercado espera nuevas subidas de tipos por parte del Banco de Japón. La ausencia por motivos de salud del gobernador Kazuo Ueda añade incertidumbre a una reunión relevante para una economía acostumbrada durante décadas a tipos ultrabajos. El comportamiento del yen sigue siendo una referencia clave para los mercados globales, en especial después de meses de conversaciones entre autoridades japonesas y estadounidenses sobre estabilidad cambiaria.
Hoy la atención se desplazará hacia el Banco Central Europeo, donde el mercado espera una nueva subida de tipos. La combinación de una Fed restrictiva, un BCE que sigue endureciendo las condiciones financieras y un Banco de Japón cada vez más cerca de la normalización configura un entorno menos favorable para los activos de riesgo que el existente a comienzos de año.
La conclusión es que el mercado ya no reacciona a una sola historia. La inteligencia artificial sigue siendo un motor de crecimiento, pero ahora comparte protagonismo con una inflación resistente, un petróleo nuevamente tensionado y unos bancos centrales lejos de poder declarar la victoria. Mientras esos tres factores avancen en la misma dirección, la volatilidad seguirá siendo más probable que una vuelta inmediata a la complacencia.
