Junio cerró con bolsas firmes, petróleo a la baja y tecnología dominante. Julio, en cambio, ha recordado que ese equilibrio depende de una condición incómoda: que los datos no obliguen a la Fed a endurecer el mensaje tras un trimestre muy rentable.
Wall Street inició el mes con una sesión débil. El Dow apenas cedió, pero el S&P 500 cayó un 0,2% y el Nasdaq perdió un 0,7%, señal de que la presión volvió a concentrarse en el crecimiento y en los segmentos que más habían subido. No fue una venta agresiva, pero sí una pausa relevante. Tras el cierre trimestral, los inversores ya no compran tecnología por inercia: necesitan confirmar que la economía resiste, que los beneficios acompañan y que los tipos no vuelven a subir demasiado rápido.
La intervención de Kevin Warsh en Sintra fue importante. Reconoció que los riesgos de inflación se han moderado, pero dejó claro que la Fed no piensa relajar la política monetaria y que seguirá defendiendo el objetivo del 2%. El mercado recibió un mensaje doble: menos urgencia inflacionista, pero ninguna puerta abierta a una Fed complaciente. Los futuros no descuentan movimientos en julio, aunque mantienen sobre la mesa una subida en septiembre.
El empleo será el test inmediato. El informe ADP mostró una creación privada de 98.000 puestos en junio, por debajo de lo esperado, pero el dato decisivo llegará hoy con las nóminas no agrícolas. El consenso prevé 110.000 nuevos empleos y una tasa de paro estable en el 4,3%. El problema no es solo la cifra, sino la dirección. Un dato demasiado fuerte presionaría los rendimientos y el dólar; uno demasiado débil reavivaría las dudas sobre crecimiento. El escenario ideal para las bolsas es estrecho: suficiente empleo para evitar miedo a recesión, pero no tanto como para alimentar otra subida de tipos.
En bonos, esa tensión ya se nota. Las rentabilidades del Tesoro han repuntado y el diez años se mantiene cerca del 4,5%. El mercado está menos pendiente de un shock energético y más de la posibilidad de que la economía estadounidense siga demasiado resistente. Esa es la diferencia frente a hace unos días: el petróleo ya no domina la sesión, pero deja espacio para que regrese el debate sobre Fed, dólar y condiciones financieras.
El crudo sigue perdiendo protagonismo. El Brent cae hacia los 71 dólares y el WTI se sitúa por debajo de 68, en mínimos de cuatro meses, tras señales positivas en las conversaciones indirectas entre Estados Unidos e Irán en Doha y la recuperación del tráfico por Ormuz. Además, OPEP+ podría volver a aumentar la producción en agosto. La lectura para la inflación es favorable: menos presión energética y más sensación de oferta. Pero no conviene confundir alivio con normalización completa. UBS ha recortado sus previsiones de Brent, aunque advierte de que aún es pronto para cerrar el riesgo en el Golfo.
La otra señal delicada está en divisas. El yen tocó 162,84 por dólar, nuevo mínimo de cuarenta años, y mantiene al mercado pendiente de una posible intervención japonesa. La caída del petróleo reduce la presión inflacionista sobre Japón, pero no resuelve el problema central: el diferencial de tipos sigue favoreciendo al dólar. Tokio podría actuar si el empleo vuelve a impulsar al billete verde.
Asia recogió estas señales con cautela. El MSCI Asia Pacífico sin Japón cae, el Nikkei retrocede y Corea del Sur vuelve a sufrir por los semiconductores. SK Hynix y Samsung ceden tras un trimestre extraordinario, mientras los inversores empiezan a rotar fuera de los ganadores de la IA. Hong Kong, en cambio, avanza: no estamos ante una salida generalizada de riesgo, sino ante una selección más dura.
La conclusión para hoy es clara: el mercado no está roto, pero sí más vulnerable. El petróleo ayuda, la geopolítica se enfría y la inflación parece menos amenazante. Pero si el empleo sorprende al alza, los bonos y el dólar pueden volver a imponer disciplina. Julio empieza con una idea precisa: después de un trimestre tan fuerte, ya no basta con que desaparezcan las malas noticias. Ahora hacen falta buenas noticias que no sean demasiado buenas.
