El mercado cerró junio con una paradoja clave para entender julio: las bolsas acabaron un trimestre sólido, pero la última sesión dejó claro que el siguiente tramo no dependerá solo de la inteligencia artificial ni del alivio energético. El foco se desplazó hacia los bonos, el dólar y el yen; es decir, hacia las condiciones financieras reales.
Wall Street volvió a subir el martes y completó uno de sus mejores trimestres desde 2020. El S&P 500 avanzó cerca de un 15%, el Nasdaq más de un 21% y el Dow registró su mayor subida trimestral desde 2022, con nuevo máximo de cierre. La lectura inmediata es positiva: los inversores siguieron comprando crecimiento, beneficios y tecnología pese a la guerra entre Estados Unidos e Irán, la reapertura parcial de Ormuz y el temor a nuevas presiones inflacionistas.
Pero el detalle importa. El trimestre fue brillante, aunque junio resultó más irregular. Hubo compras de tecnología y recomposición de carteras, pero también señales de agotamiento en parte del liderazgo. La IA sigue siendo el eje de la narrativa, aunque ya no basta con hablar de demanda estructural: el mercado exige márgenes, beneficios y visibilidad. La temporada de resultados de julio tendrá que confirmar que el gasto en infraestructura de IA sigue siendo rentable para quienes lo financian, no solo para quienes venden los componentes.
El petróleo, en cambio, ha dejado de ser el principal problema diario. El Brent ronda los 73 dólares tras una fuerte caída trimestral, apoyado por la reapertura de Ormuz y la mejora de los flujos. Algunas previsiones de analistas empiezan a rebajarse: el mercado ya no descuenta un shock de oferta permanente. Eso alivia las expectativas de inflación y reduce la presión sobre consumidores y bancos centrales.
Aun así, el alivio energético no equivale a tranquilidad total. La tensión entre Washington y Teherán sigue viva y Asia ha abierto julio con cautela por la incertidumbre sobre la desescalada. La diferencia frente a semanas anteriores es que el mercado ya no valora el petróleo como si el estrecho estuviera bloqueado. Mantiene una prima de riesgo menor, pero no la elimina.
La presión se ha intensificado en la renta fija. Los rendimientos del Tesoro estadounidense repuntaron y el mercado volvió a elevar la probabilidad de nuevas subidas de la Fed. La resistencia laboral, visible en el aumento de ofertas de empleo, refuerza la idea de que la economía aún no se enfría lo suficiente para justificar un giro dovish. La cita clave será el dato de empleo de esta semana. Si sorprende al alza, las bolsas tendrán que convivir con tipos más altos y un dólar más fuerte.
Ese dólar ya es una pieza central del informe. Su fortaleza ha llevado al yen a mínimos de cuatro décadas, por encima de 162 unidades por dólar. Japón entra así en una zona incómoda: puede advertir, intervenir e intentar coordinar mensajes con Washington, pero el diferencial de tipos sigue empujando contra su divisa. La presión sobre el yen no es solo japonesa; es una señal de endurecimiento global. Cuando el dólar sube así, se encarecen las importaciones, se tensionan divisas asiáticas y emergentes, y se reduce el margen de otros bancos centrales. El oro confirma el mensaje: pese a la geopolítica, cede porque dólar y tipos pesan más que la búsqueda de refugio.
La sesión asiática de este miércoles encaja con ese tono. Japón rebota apoyado por tecnología y por el beneficio cambiario de un yen débil, mientras Corea retrocede tras un trimestre extraordinario ligado a la IA. Los futuros europeos y estadounidenses llegan planos. No hay ruptura del apetito por riesgo, pero sí menos complacencia: el mercado necesita nuevos argumentos para seguir subiendo.
La conclusión para hoy es clara: julio empieza con bolsas firmes, pero con un mensaje menos cómodo desde bonos y divisas. Si el empleo estadounidense se enfría, el mercado podrá interpretar el repunte de yields como ruido de cierre de trimestre. Si no lo hace, la Fed volverá al centro de la escena. La tecnología puede seguir liderando, pero ya no opera en vacío: compite contra tipos más altos, un dólar más fuerte y un yen que amenaza con convertir la estabilidad cambiaria en el próximo foco de volatilidad.
