Los mercados siguen intentando medir el impacto real que la inteligencia artificial puede tener en los modelos de negocio de las grandes empresas. La mejora de los modelos es tan rápida que está generando una sensación clara de urgencia. Nadie quiere que su empresa se quede atrás.
La semana pasada el mercado castigó a empresas de software especializado para consultorías y despachos tras el lanzamiento de un nuevo modelo de Anthropic. Esta semana les ha tocado a compañías de gestión patrimonial después de que la startup tecnológica Altruist anunciara nuevas herramientas.
El avance hacia la llamada “agentización” de procesos está reduciendo el coste de muchas tareas al simple consumo de tokens del modelo que ejecuta el agente (infinitamente más barato). Eso cambia las reglas del juego. Cualquier tarea administrativa es susceptible de automatizarse. Y cuando eso ocurre, pequeñas empresas pueden competir de tú a tú con gigantes cuya principal ventaja era, precisamente, la eficiencia de grandes equipos de back office dedicados a procesar operaciones.
Lo más llamativo no es solo la innovación, sino la velocidad a la que llega al mercado. Históricamente, los avances tecnológicos se introducían de forma gradual. Pequeñas startups desarrollaban una solución, validaban el modelo de negocio y, años después, las grandes compañías las adquirían para integrar esa tecnología.
Ahora el proceso es distinto. Muchas startups ya nacen con el modelo validado, varias rondas de financiación detrás y miles de millones de dólares en caja. Y, sobre todo, con la intención de competir, no de venderse. No buscan integrarse en el gigante. Buscan disputarle su cuota, disrumpir completamente el sector.
Pensemos en YouTube. En su momento creó una plataforma sencilla para subir y compartir vídeos cuando hacerlo era caro y técnicamente complejo. Cuando demostraron que podía convertirse en un escaparate publicitario, Google, que ya dominaba el negocio de la publicidad online, decidió comprarla por 1.650 millones de dólares. Ajustado por inflación, eso equivaldría hoy a unos 2.600 millones.
En aquel momento parecía un precio elevado. La empresa aún no era rentable. Sin embargo, la integración con el modelo de negocio de Google transformó por completo su valor. Hoy se estima que YouTube podría valer cerca de 500.000 millones de dólares. Una multiplicación extraordinaria. La diferencia ahora es que gran parte de esa creación de valor se queda en manos del capital riesgo provocando que comprar la amenaza ya no sea tan sencillo ni barato.
Por eso da la sensación de que todo lo que puede verse afectado por la IA cae en bolsa. No es solo miedo. Es que los nuevos competidores llegan con modelos bien estructurados, listos para monetizar y capaces de erosionar los márgenes de los incumbentes. Estos se enfrentan a una disyuntiva incómoda: adaptarse rápido (y pagar el precio) o empezar a perder cuota de mercado.
Habrá sectores donde el impacto sea más lento ya que siguen existiendo barreras de entrada difíciles de superar. Bloomberg es un buen ejemplo. Su principal activo son los datos, y en el sector financiero eso es clave. Además, su software integra innumerables funcionalidades que generan fuertes costes de salida para los usuarios, pese a su elevado precio.
Aun así, si Bloomberg cotizara en bolsa, probablemente también estaría sufriendo caídas similares a las de otras compañías del sector como Reuters o FactSet, que han perdido en torno a un 60% y un 55% respectivamente en apenas ocho meses.
Seguimos en un entorno de alta volatilidad. Muchos inversores prefieren vender antes que esperar a comprobar si la empresa de la que son accionistas ha dejado atrás sus años de gloria. Esa reacción puede generar situaciones interesantes (tal y como comentábamos esta semana): activos castigados donde la relación rentabilidad-riesgo empieza a ser más atractiva que en otras alternativas.
Quizá no sea momento de lanzarse sin criterio. Pero sí de observar con atención y prepararse para aprovechar oportunidades cuando aparezcan.
