Lo que ayer quedó más claro no fue que el conflicto siga condicionando al mercado —algo ya asumido—, sino que su impacto empieza a consolidarse en las curvas de tipos. El dato de precios de producción en Estados Unidos confirmó ese cambio: el PPI subió un 1,4% en abril, su mayor avance desde marzo de 2022, y un 6% interanual. La inflación deja de percibirse como una consecuencia puntual del petróleo y empieza a extenderse a bienes, servicios y márgenes empresariales.
La reacción de Wall Street fue especialmente significativa. Hace unas semanas, un dato así habría provocado una corrección más agresiva. Sin embargo, el mercado volvió a refugiarse en el liderazgo tecnológico. El Dow Jones cayó un 0,14%, mientras que el S&P 500 avanzó un 0,58% y el Nasdaq un 1,20%, impulsados nuevamente por semiconductores y compañías vinculadas a inteligencia artificial. El mensaje sigue siendo claro: los beneficios empresariales y la IA continúan actuando como principal contrapeso al deterioro de tipos, aunque cada vez con menos margen para sostener los índices.
En renta fija, el movimiento fue menos llamativo que el dato, pero más relevante en términos de fondo. El Treasury a 10 años se mantuvo en el 4,47%, el bono a 30 años subió al 5,04% y el 2 años cerró en el 3,98%. No hubo ruptura en la curva, pero sí una consolidación en niveles incompatibles con una narrativa de recortes próximos. El mercado ya no solo retrasa las bajadas de tipos; empieza a asumir que, si la inflación energética se traslada al resto de la economía, la Fed podría mantener una política restrictiva durante más tiempo.
El petróleo dio cierto respiro en precio, aunque no en significado. El Brent cayó un 2%, hasta 105,63 dólares, y el WTI un 1,14%, hasta 101,02. Sin embargo, la caída respondió más al temor de que unos tipos altos enfríen la demanda que a una mejora geopolítica real. El mercado empieza a descontar que la inflación podría forzar una respuesta monetaria más dura.
Europa ofreció una lectura algo más positiva, aunque todavía condicionada por el contexto. El STOXX 600 subió un 0,8%, apoyado en mineras, tecnología y resultados empresariales mejores de lo esperado. Los beneficios del primer trimestre apuntan a un crecimiento del 10,2%, el mayor en tres años. Aun así, Europa sigue rezagada frente a Estados Unidos y Asia por su menor exposición al hardware de IA y su mayor sensibilidad a energía y tipos. Además, el mercado monetario ya descuenta más de dos subidas del BCE antes de final de año.
Japón también ganó protagonismo. La reunión de Scott Bessent con la primera ministra Sanae Takaichi y la ministra de Finanzas Satsuki Katayama dejó un mensaje relevante: ambos países consideran indeseable una volatilidad excesiva en divisas. El mercado interpretó estas declaraciones como un respaldo implícito a la defensa del yen, cuya debilidad amplifica la inflación importada y aumenta la presión sobre el Banco de Japón.
La señal se reforzó esta mañana cuando Kazuyuki Masu, consejero del Banco de Japón, defendió una subida de tipos próxima si no aparecen señales claras de deterioro económico. El mercado ya asigna cerca de un 70% de probabilidad a una subida en junio. El bono japonés a 10 años alcanzó el 2,625%, máximo de 29 años. Mientras tanto, el dólar sigue respaldado por las altas tires estadounidenses y el yuan marca máximos de tres años en plena cumbre Trump-Xi en Pekín.
La conclusión es que el mercado ya no se centra únicamente en las variaciones diarias del petróleo, sino en cómo ese shock se traslada a inflación, divisas y bancos centrales. Mientras la IA siga impulsando beneficios, las bolsas podrán resistir. Pero si las curvas largas permanecen en niveles elevados y Estados Unidos, Europa y Japón avanzan hacia políticas más restrictivas, el margen para sostener el rally será cada vez menor.
