En la jornada de ayer volvimos a ver un comportamiento dispar entre los grandes índices y el mercado en su conjunto. Desde el rebote de finales de 2022 y hasta bien entrado este año, los índices no han sido un reflejo fiel del mercado general, sino más bien del excelente comportamiento de un número muy reducido de compañías con un peso muy elevado en ellos. Como imaginarás, hablamos principalmente del sector tecnológico.
Este movimiento venía impulsado por una ola de innovaciones que prometían desencadenar la próxima gran revolución tecnológica. Sin embargo, a medida que estos avances han ido madurando, se ha hecho evidente que, aunque probablemente transformen nuestras vidas y nuestros trabajos, también suponen una amenaza directa para muchas empresas, incluidas no pocas tecnológicas.
En economía, este fenómeno se conoce como “destrucción creativa”, un concepto acuñado por el economista austriaco Joseph Schumpeter. La idea es sencilla: la innovación busca mejorar la productividad y, con ello, aumentar la riqueza de la economía en sentido amplio, pero en ese proceso puede destruir parte del tejido económico existente.
Un ejemplo fácil de entender es el de Netflix. Al crear la industria de las plataformas de streaming, nos dio acceso a un catálogo enorme de películas y series a un coste muy bajo. Pero, al mismo tiempo, arrasó con otra industria por el camino: la de los videoclubs. Esto ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo, porque es una consecuencia inevitable de la innovación.
Hoy, la amenaza de los nuevos modelos de inteligencia artificial se percibe con especial intensidad en el sector del software. Los sistemas más avanzados ya permiten realizar, con una calidad más que suficiente para el usuario medio, trabajos de creación de imágenes y vídeos. Aún es pronto para afirmar que dejarán sin empleo a los diseñadores gráficos, pero si la tendencia actual se mantiene, parece solo cuestión de tiempo.
Esta amenaza afecta de forma directa a empresas como Adobe, que está siendo duramente castigada por el mercado. Actualmente cotiza a niveles no vistos desde 2018, a pesar de que sus beneficios han seguido creciendo a un ritmo razonablemente sólido. Para los inversores, eso no es suficiente: el riesgo está ahí y se da por hecho que, antes o después, los ingresos podrían resentirse.
Utilizo este ejemplo porque es especialmente ilustrativo, pero la realidad es que el impacto se extiende a todo el sector SaaS (software como servicio). Compañías como Salesforce, Adobe, Nemetschek o ServiceNow, que ofrecen software especializado bajo suscripción, se enfrentan a la posibilidad de que la IA pueda hacer tareas muy similares, o incluso mejores, a un coste infinitamente menor.
Esto no significa que estas empresas vayan a desaparecer ni que sus modelos de negocio estén acabados. Pero sí implica que deberán adaptarse con rapidez si quieren seguir siendo competitivas. Por ahora, muchos inversores prefieren esperar y ver quién logra hacerlo y quién se queda atrás.
La incertidumbre alcanza incluso a las propias desarrolladoras de IA. Hace unos días, Microsoft presentó resultados y sufrió una caída significativa tras ofrecer unas previsiones para este año peores de lo esperado. La preocupación sigue siendo la misma: las enormes cantidades de capital que se están invirtiendo y la duda sobre si podrán monetizarse con rentabilidades suficientemente atractivas.
Todo esto explica lo que vimos ayer en el mercado. El Nasdaq cayó un 1,50% y el S&P 500 un 0,50%, pero aun así cerca del 70% de las acciones estadounidenses cerraron al alza. El S&P 500 equiponderado, de hecho, subió un 0,87%.
Estamos, por tanto, ante un proceso de reversión a la media tras el fuerte sobrecomportamiento de las tecnológicas frente al resto del mercado.
De cara a la sesión de hoy, el Nasdaq y el S&P 500 avanzan un 0,27% y un 0,10% respectivamente, mientras que las bolsas europeas cotizan prácticamente planas.
